Va de palabras

 

Sí, este post va de palabras. No de una en concreto, va de todas.

En el artículo anterior comentaba que los humanos dominamos el mundo vía el lenguaje y poner nombre a las cosas las hace nuestras. Una montaña es una montaña y no sabe si se llama Everest o Pica d’Estats, pero para nosotros es imprescindible bautizarla para distinguir una de otra.

Los vendedores y los políticos deben ser conocedores del poder de la palabra y de sus mecanismos: con el lenguaje podemos afirmar, negar e incluso inventar o mentir.

Lo importante no es lo que decimos sino lo que se nos entiende. Si nos saltamos la conciencia, eso que se supone que nos dicta lo que está bien y lo que está mal; si pretendemos conseguir determinados resultados más allá del más elemental código de conducta social; si justificamos a Maquiavelo con la preeminencia del «fin» sobre los «medios»;  entonces la palabra se convierte en arma de destrucción masiva.

«Critica que algo queda»; «Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad aceptada»; «Cuando el río suena, agua lleva»; «Aquel hombre dice verdades como puños»; «Alguien tenía que decirlo». Todos ellos son trucos conocidos desde la noche de los tiempos.

Somos muy tontos y todo nos lo creemos. Porqué? Porque nos encanta oír lo que queremos oír. Que otro diga lo que sentimos y no osamos verbalizar. No tenemos la humildad de querer escuchar, preferimos un «like» a cualquier cosa que nos vaya bien antes que poner en marcha un mínimo sentido crítico. Somos también muy vagos.

Hoy sabemos que existen agencias dedicadas a la propagación de noticias falsas. Aparte de la dudosa legalidad -y la segura inmoralidad- de esas prácticas que son habituales, lo peor es que nos encantan las noticias falsas si cuadran con nuestra conveniencia.

Decir en Badajoz que en Catalunya los niños no saben castellano o que se agrede a quien lo habla porque se inculca el odio desde la escuela y desde TV3, es asumido como cierto por gran parte de la población. Primero es el sentimiento de anticatalanismo generado, y luego consiste en alimentarlo,por más falso que sea. Lo mismo con los judíos en la Alemania Nazi, los musulmanes en USA o los europeos del sur en UK. Por no ser parcial, en mi tierra catalana cualquier dato que suponga que «España nos roba» es automáticamente percibido como refuerzo del propio sentimiento; cualquier dato que lo niegue pasa inmediatamente al olvido, se rechaza, se obvia.

Como explican Marina o Damasio, si eres antisemita y crees (o sientes) que los judíos son avaros, por más que no hayas conocido a ninguno así, si al final aparece uno avaro podrás decir: «Lo ves? Ya lo decía yo!!!».

Las banderas, que servían para identificar a las tropas propias en las batallas, el nombre de la patria, puesto por civilizaciones antiguas que antaño derrotamos, o religiones basadas en milagros imposibles de verificar, son terribles abominaciones de la verdad. Por ellas se mata y se muere. «Dios lo quiere», «Mi patria lo necesita», «Mi bandera es sagrada». Sin comentarios.

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